La tarde que yo fui un libro que tú leías.

beso-en-el-cuello

Pasé por delante con mi mejor cara de indignación, ¿Cómo se atreve a decirme a mí que no tengo razón en algo de cocina?

-Cuando arrugas las cejas también me gustas – dijo, con esa media sonrisa ladeada de malo que pone, sabe que contra esa cara no tengo nada que hacer.

Sigo andando y disimulando mi cara de no enfadada del todo, me desarma, cuando se pone tan chulo, me desarma y me pone tan nerviosa que podría hacer lo que quisiera conmigo, y lo sabe.

-Vamos nena, no te pongas así, si estás enfadada me aburro –Le oigo levantarse, noto como se va acercando por detrás, yo, sigo con mi peregrinar hacia el baño.

-¿De verdad no me vas a hablar? – Rodea mi cintura con su brazo y me frena en seco

-Sabes que si no me hablas, tendré que sacarte las palabras como sea.

En ese momento le noto pegado a mi espalda, instintivamente giro el cuello y dejo que me recorra, que respire mi piel. Su mano juega con mi ombligo y la otra con mi pelo. Sabe lo que hace y lo sigue haciendo poniéndose cada vez más tenso, lo noto en sus brazos, en su forma de agarrarme.

-No necesito palabras, tu cuerpo habla aunque no lo quieras, y estás pidiendo esto –En ese momento me aprieta contra su cadera, me muerde el hombro y noto, por encima de su pantalón corto de deporte, que su cuerpo también me está hablando.

Mis manos intentan buscarle pero no me deja, está caliente y quiere que lo sepa. Por fin me giro, me empuja contra la pared del pasillo, agarra mi cara entre sus manos y me besa buscando cada rincón de mis labios.

-Voy a conseguir que me grites todas las palabras que me has negado, ¿sabes? –Me dice en un susurro. Yo me estremezco hasta el punto que noto mis rodillas deshacerse. Noto mi corazón palpitando fuerte. Y saco fuerzas para contestarle.

-Soy un libro abierto, busca lo que quieras –Noto como le gusta  que le rete.

Lo siguiente que noto son sus manos, fuertes,  masculinas, buscando esas palabras, recorriendo cada letra que no he dicho, centrándose en encontrar hasta los puntos y las comas de mis oraciones. Y rezo.

-Oh! ¡Dios mío! Para.

-No hasta que haya leído el libro entero –Me dice con sus labios pegados a los míos.

Bendita la hora que discutimos por la tortilla de patata.

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